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En los setenta, en México, se transmitieron series japonesas
de corte europeo, dramático y telenovelescos; ejemplos son
los clásicos como: Heidi, basada en un cuento alemán
y Marco, de los Apeninos a los Andes. Otras series fueron
Princesa caballero, que hablaba de una joven que tenía
que vestir de hombre para cumplir su misión; Candy,
doblada en Argentina, cuya temática es el típico infortunio
de la heroína y Meteoro, que cuenta las aventuras
de un joven que conduce su auto Match 5 por todo el mundo.
Pero una de las temáticas más representativas fueron
las que reflejaran la época de posguerra como Astroboy,
en donde científicos japoneses creaban un gran robot con
superpoderes, lo que anticipó al Japón contemporáneo:
occidentalizado, tecnificado y futurista, alejado de su carga ancestral
y cultural.
Hasta la llegada del manga y del anime, el mercado internacional estaba dominado por empresas estadounidenses como Hanna-Barbera y Warner BROS, para quienes las producciones de otros países no eran amenaza. Pero la animación japonesa cambió la historia y a principios de los noventa, en el caso de México al menos, empezaría a superarse la idea de que las caricaturas son para niños pequeños, por lo tanto no deben ser historias complicadas.
Ahora privan argumentos existenciales, complejos, con un revolucionario
lenguaje audiovisual, altas dosis de sexo y violencia que han modificado
la forma y el fondo de la animación en el mundo.
Pese a que desde las décadas de los sesenta y los setenta,
la televisión provocó la competencia entre productoras,
logrando que el Anime y el Manga crecieran y se diversificaran
en temáticas, géneros y estilos, desafortunadamente
en su país de origen poco se ha documentado sobre gran parte
de la producción, así como de sus autores y guionistas. |